Abro una puerta todas las mañanas. Junto al té y las galletas siempre hay una puerta. La puerta puede ser una frase, un paseo, una decisión para llevar a cabo a corto o medio plazo. Detrás de las puertas nunca sabes muy bien lo que te puedes encontrar. Por eso nos gustan los arcos, los portones cerrados, los picaportes. Nos gusta mirar desde fuera los umbrales, o tocar y escondernos, como niños traviesos, amos y señores de las calles.
No soy una persona curiosa. Cuando alguien se hacía de rogar para conarme sus secretos yo respondía un "deja, no te molestes, en realidad no quiero saberlos" lo mismo que cuando alguien ponía sus dedos en forma de pistola y gritaba "¡manos arriba o disparo!" yo contestaba un cínico "Adelante. Dispara. Soy inmortal". Tímida vengadora. También cuando veía que alguien (generalmente un tío) disfrutaba sobre manera haciéndome cosquillas las aguantaba hasta que desistían y soltaba un triunfal "no tengo cosquillas". No. No soy una persona curiosa. La curiosidad daría demasiado poder a todos eso álguienes sobre mí. Podrían chantajearme o dispararme balas de verdad o incluso hacerme cosquillas. Y no queremos eso ¿verdad? No queremos que S. pierda el completo dominio de sí misma, que abandone su liderazgo sobre los seres vivos que la rodean a nivel doméstico.
Sin embargo abro puertas. No más que una cada día. Abro puertas y miro lo que hay dentro y nunca nunca cierro los ojos y casi nunca los bajo hacia el suelo. Hay curiosidades, muertes y cosquillas que no pueden aguantarse. Aquiles también murió. Lo mató la flecha del peor de todos los guerreros, del mejor de todos los amantes.