Silencio (II)

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Lo dicho. Sin palabras. O al menos con palabras sin ninguna importancia.
(Perdón por tanto tango, hay días que qué sé yo)

Silencio

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Sssssshhhhhhhhhhhhhhhhhh

Cierra la boca.

Velas

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Cuando apagué las velas sólo pedí una cosa: estar centrada.

El alma

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El Dios del jardín se llama Teo.
Se encarga de arrancar las malas hierbas, de podar los rosales (siempre por encima de los brotes) y de cortar tres flores para el jarrón inclinado.
A veces se le va la mano, pero a qué Dios no se le va de vez en cuando...
Teo es un buen Dios.

Puertas

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Abro una puerta todas las mañanas. Junto al té y las galletas siempre hay una puerta. La puerta puede ser una frase, un paseo, una decisión para llevar a cabo a corto o medio plazo. Detrás de las puertas nunca sabes muy bien lo que te puedes encontrar. Por eso nos gustan los arcos, los portones cerrados, los picaportes. Nos gusta mirar desde fuera los umbrales, o tocar y escondernos, como niños traviesos, amos y señores de las calles.
No soy una persona curiosa. Cuando alguien se hacía de rogar para conarme sus secretos yo respondía un "deja, no te molestes, en realidad no quiero saberlos" lo mismo que cuando alguien ponía sus dedos en forma de pistola y gritaba "¡manos arriba o disparo!" yo contestaba un cínico "Adelante. Dispara. Soy inmortal". Tímida vengadora. También cuando veía que alguien (generalmente un tío) disfrutaba sobre manera haciéndome cosquillas las aguantaba hasta que desistían y soltaba un triunfal "no tengo cosquillas". No. No soy una persona curiosa. La curiosidad daría demasiado poder a todos eso álguienes sobre mí. Podrían chantajearme o dispararme balas de verdad o incluso hacerme cosquillas. Y no queremos eso ¿verdad? No queremos que S. pierda el completo dominio de sí misma, que abandone su liderazgo sobre los seres vivos que la rodean a nivel doméstico.
Sin embargo abro puertas. No más que una cada día. Abro puertas y miro lo que hay dentro y nunca nunca cierro los ojos y casi nunca los bajo hacia el suelo. Hay curiosidades, muertes y cosquillas que no pueden aguantarse. Aquiles también murió. Lo mató la flecha del peor de todos los guerreros, del mejor de todos los amantes.

Plaga

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Lo que más asco me dio no fue que hubiera polillas, no me dio asco verlas ni tocarlas. Lo que más asco me dio tampoco fue que hubiera huevos de polilla en el techo de la cocina. Ni siquiera fue tener que limpiar con una servilleta humedecida aquellos huevos y notar que su redondez resbalaba por las yemas de mis dedos. Lo que más asco me dio, lo que no puedo recordar sin un escalofrío, lo que aún me atenaza la respiración, fue la forma de aquel conjunto de huevos. Porque los huevos de polilla tienen también forma de polilla, y una sólo es capaz de resistir lo idéntico hasta cierlo límite. Más allá de ese límite el asco es inevitable.

Golondrinas

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Cuando se murieron nuestras golondrinas pensé en que nunca me había gustado aquel tango, pero también pensé en que una nunca sabe cuándo puede necesitar a Carlos Gardel. Pasa con todo lo que es mayor que nosotros, que nunca sabemos cuándo podremos necesitarlo. Lo pensé, pero no dije nada. No canturreé nada. Callé decentemente la boca. El tango sólo sonaba en mi cabeza.